miércoles, 14 de mayo de 2014

Sonrisas convexas

Atardece en las trincheras.
Fuera de la muralla no hay nada más.
Dentro de ella,
una habitación sin ventilación.

Vuelan las sonrisas,
convexas en su aletear.
Buscan un destino libre,
un sentimiento sin futuro.

Hoy no ha salido el sol.
Cierra los ojos ese corazón,
preso de su propia apatía.
Se deja caer sin coger aire.

Ansía volar,
buscar libre un destino,
callar a los viejos fantasmas,
dejar atrás sus miedos.

Romper las cadenas
que le impiden abrir su mente
hacia nuevos paisajes
en esa habitación sin ventanas.

Los mismos días,
las mismas noches.
Los mismos ojos cansados.
La desgana de siempre.

Aquella condena se eterniza,
y a su lado, pocos quedan.
Su mente ya recorre la milla verde,
pero sus dedos escriben, otra vez más.

Vuelve a despertar.
Otra vez la cama vacía.
Otro vacío de abrazos.
Otro domingo que odiar.

Sin embargo, sigue escribiendo.

Engañando a su único aliado,
a sí mismo.
Con la idea de que escribir
le puede ayudar a aliviarse.

Pero,
otra vez más,
se equivoca.
Escribir… ¿para nada?

Una mano amiga
aparece de la nada.
Se abre ante él.
¿Ayuda o ilusión de ayuda?

Mejor será dejar que el tiempo pase.
Ya se acabará la condena…

¿Se acabará la condena?


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