miércoles, 11 de septiembre de 2013

Kamikaze

Esta estampa me es familiar.

De noche,
cerca de tu casa,
bajo la lluvia torrencial
mojando mi rostro serio,
¿disimulando las lágrimas?

La rosa de mi mano
hace ya tiempo que está empapada.
Chorrea, como mi pelo,
como mi cazadora de cuero.

Pero tú no me ves,
y no lo harías aunque te asomases
por aquella ventana del tercero,
que te libra del calor y la lluvia.

Curioso panorama.
Me siento seguro en esta oscuridad.
La seguridad de quien está oculto,
para ganar tiempo quizás,
para pensar si decidirme o no.

El negro me acompaña,
ya sea a mi alrededor,
o aunque lo vista.
Me arropa en esta noche de cuarto creciente,
que no tiene nada de especial.
Una luna más.

Y tú, sin levantar la vista de ese té,
tampoco puedes oírme,
pues esto son sólo palabras
que me digo a mí mismo,
quizás para convencerme de lo que quiero,
o simplemente para ganar tiempo,
para nada.

Como si yo no existiera.
Yo no existo.
Y sé que alguien que no existe
no puede hacerte feliz.

Alguien que no existe
no puede decirte todo lo que significas,
pues no lo significas para nadie,
¿no es cierto?

Pero aquí estoy,
tembloroso, mojado,
nervioso como un chiquillo
la primera vez que monta en bicicleta.

Solo que yo sé que me voy a estrellar.

Aun sabiéndolo,
me debato:
¿retirada a tiempo,
o morir en el intento?

Y le das otro sorbo al té,
saboreándolo,
mientras le dedicas a la noche lluviosa
un guiño cómplice,
un deseo.

Mi cuerpo petrificado me da una tregua
y me llevo la mano al bolsillo mojado:
el papel donde te he escrito
el mejor poema de todos,
sigue seco.


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