domingo, 26 de mayo de 2013

El conejo blanco

Escribo estas líneas
desde aquel descampado rincón
donde contemplé las estrellas,
bañando la noche con aroma de ron,
con un hielo por cada vez que te he soñado.

Derrito lo poco que me queda de demencia
en este mismo papel
que arropaba nuestros corazones,
deteniendo la furia del reloj de pared,
de cómo quiere pasar más deprisa, excitado.

Cosiendo cada letra a este desusado papel,
con la aguja que atravesó mi ser,
el día que me dijiste que no,
el aniversario de la muerte
de mi cordura.

Sigo por inercia
el camino cuesta abajo,
persiguiendo al veloz conejo blanco,
que se lleva mi manzana envenenada,
dejando, tras él,
restos de pan, migas en la noche.

Migas de corazones rotos por la mitad,
apestan a la droga más dura,
y tienen escrito
lo que yo quiero escrito en tu cuerpo.
“Cómeme”.

Y en la despejada noche,
sigue cayendo la lluvia fina
con estruendos de tormentas sin nubarrones,
mientras se aguan mis tragos de ron,
dejando, en mi cara, con sus gotas,
un mensaje.
“Bébeme”.

Se va reduciendo la noche,
a cada mordisco,
y con cada trago,
una imagen más nítida.

El conejo blanco me quiere preso,
dibujándome una jaula de cristal,
donde no quiero estar,
donde quiero buscarte por siempre,
sentada a mi lado,
cantándote al oído,
queriéndote con la vida,
soñándote hasta la muerte.

Llenando el vacío de mi interior
inmerso en un mar de risas desquiciadas,
entre el oleaje de la desidia,
de la dejadez,
de la indiferencia.

Haciendo de cada una de tus dagas
una camisa de fuerza
que me recluya en mi locura,
necesaria.

Y noto al despertar el duro asfalto,
chorreado por mis tragos fallidos…

…Y ahí seguía el conejo blanco.


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