miércoles, 23 de mayo de 2012

Amaneceres


No le preguntes al alba
por qué amanece tan temprano,
ni te fíes
del crujido de hojas secas,
del barro de mis pisadas.
Sólo los abrazos
reflejados en cuero
calados de los charcos de tinta,
saben de las plumas delicadas
y de los besos de tierra mojada.
Y de un salto
se desmaquilla la luna llena,
se duerme y atemoriza
a los versos de cera,
fundidos con tu fuego
en la ruda perpetuidad de mi noche,
acurrucados en los posos del café,
amargo por el madrugón,
cansados de cerrar las ataduras
y de abrir los “sinsentidos”.

No le preguntes al alba
por qué ya no sabe a tocino,
ni por qué una vez quebró
con ansia las secas ramas
de los besos tristes.

No le preguntes al alba
por qué, al llorar, ella imagina,
desolada,
oscuras fantasías
alimentados por el odio ciego
de la huella de su ausencia.

No le preguntes al alba,
pues acaba de llegar,
y sólo el veterano atardecer,
del sol luciendo todo el día,
sabe por qué,
dormitando,
te dejas querer.


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